lunes, 13 de marzo de 2017

Carlinhos Brown en el Petronio Álvarez


Darío Henao Restrepo
Universidad del Valle


Al fin se cumplió el viejo anhelo de Germán Patiño, escuchar en el Petronio Álvarez al extraordinario percusionista, cantante y compositor, Carlinhos Brown, hijo del barrio Candeal, en la periferia de Salvador de Bahía. Como si se tratase de un músico de cualquiera de las agrupaciones de nuestro litoral, Carlinhos abrió con los ritmos ancestrales llegados del África a su Brasil natal para construir empatía con el público caleño, conformado también de mayorías negras y mulatas como el de Salvador. En ésta hermosa ciudad estuve varios meses el año pasado y pude asistir entre tantos espectáculos públicos, al día de la Conciencia negra, en el Farol de la Barra, frente al mar Atlántico. Acá, sin mar pero con las brisas del Pacífico, mis sentidos cotejaron, con lo guardado en mi memoria, todas las semejanzas y nexos entre nuestras culturas. Sobre todo entre Salvador y Cali, ciudades que junto con La Habana, tienen la mayor población negra y mulata del continente. Pasé un día en Candeal, tras la huella de Carlinhos (había visto varias veces O milagre de Candeal, el documental sobre el encuentro de Bebo Valdés y Carlinhos). Con mucha batucada, candomblé, moquecas y acarajé, en Candeal me sentí como en Siloé. Cogité con mucha emoción el universo común de Piper Pimienta, Joe Arroyo y Jairo Varela con el de todos esos músicos del barrio donde Carlinhos ha hecho una academia musical para educar a niños y jóvenes. Y un escenario, Pracatum, para las presentaciones de todo tipo de espectáculos musicales. Un buen ejemplo a seguir por nuestros músicos.

Anoche, en las canchas Panamericanas de Cali, Carlinhos Brown salió a re-establecer esos nexos, ese malungaje de compañeros de travesía que un día se separaron y añoran encontrarse. Ese ritual del reencuentro se vivió con la majestuosa intensidad del espectáculo. Por todo lo que observé entre la multitud se sembraron puentes cognitivo-sensoriales para que esas sonoridades afro-brasileras circulen entre nosotros. La extrañeza inicial, como cuando dos parientes lejanos se encuentran, se fue rompiendo de a poco con el conocimiento y el fluir de los ritmos de una banda impecable y sofisticada en sus arreglos, y por supuesto, gracias a la maestría y al enorme talento de Carlinhos, hijo de Changó, siempre convocando energía, mucho aché, para este encuentro de familiares lejanos, de malungos. Aquí estoy familia fue el mensaje profundo de la batucada que le ofrendó Carlinhos a los caleños. “Yo soy brasileño, pero ahora soy Pacífico” fue una declaración que ganó la ovación unánime y la agitación de los pañuelos emocionados de la multitud. El bahiano se sintió uno más del Pacífico e hizo sentir bahianos a las gentes de Cali y el Pacífico. Pese a las barreras del idioma y echando mano de un simpático portuñol, tipo “Arriba as maos”, se metió entre la gente y logró ponerlos a corear palabras como “namorada” y “birimbao” en alusiones a al amor y al instrumento de una sola cuerda que acompaña a la capoeira, ese arte marcial que los africanos trajeron a las costas del Brasil que ya practican muchos en nuestros barrios. Me emocionó ver a los jóvenes del Pacífico tarareando “capoeira larara” “magalenha” “odara Salvador”. Algún día ocurrirá lo propio en Salvador con la “la vamo a tumbá” “kilelé” y “ birimbí”. Al fin y al cabo somos familia.

La Buitrera. Cali, lunes 17 de agosto de 2015.